- La temporalidad cae a un mínimo histórico del 14,7%, pero la mayor estabilidad no se traduce en más productividad
- El modelo de crecimiento español anularía el esperado impulso de la reforma laboral
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La evolución del mercado laboral desde la pandemia ha visto frustrarse una de las grandes esperanzas de la economía española: que una mejora de la calidad del empleo pudiera disparar la productividad y competitividad de nuestro país. España ha llevado el empleo a niveles de récord con un peso de la contratación indefinida inconcebible hace seis años, pero esto no ha tenido el efecto esperado en la evolución del PIB, que no parece beneficiarse de la mayor estabilidad de los empleos como debería. Un análisis a partir de la EPA y las estadísticas de contabilidad nacional refleja que el escenario esperado de que un incremento del empleo estable ‘tira al alza’ de la productividad solo se da en comercio y hostelería. En el resto no se cumple y la mayoría parece ocurrir exactamente lo contrario.
El propio preámbulo del Real Decreto-ley 32/2021 justificaba el cambio legal porque la combinación de temporalidad elevada y alta rotación “impide la necesaria estabilidad para mejorar la productividad de la economía y de las empresas españolas”. Según este diagnóstico, “sin estabilidad en el empleo no hay inversión real en formación”. La teoría es conocida: un trabajador indefinido, con expectativas de permanencia, recibe más formación e incentivos y rinde más; un trabajador temporal no se beneficia de esa inversión y su desapego es mayor. Desde esa óptica, reducir los contratos eventuales debía traducirse, con el tiempo, en más productividad y una mejora de la competitividad de las empresas.
La primera mitad de la ecuación de la reforma se ha cumplido con rotundidad. La tasa de temporalidad española cae del 25,8% de media en 2014-2019 a un 14,7% en el arranque de 2026, su mínimo histórico según la Encuesta de Población Activa (EPA). Aunque contemos el efecto de los fijos discontinuos (suponen el 3,1% de los trabajadores indefinidos, el doble que antes de la reforma), la mejora sigue siendo espectacular e incuestionable.
El problema está en la segunda parte: que la mayor estabilidad de los contratos se traduzca en más productividad. El PIB ha crecido con fuerza en los últimos años, aunque el papel que ha jugado en ello el empleo de calidad es objeto de debate. Una buena parte de la literatura económica apunta a un cierto estancamiento del PIB por trabajador español desde 2015, y atribuye el problema tanto al déficit de inversión privada como a la ineficacia del mercado laboral.
¿Qué dicen los datos? Un cotejo de la evolución de la métrica más utilizada en estos análisis, el valor añadido bruto (VAB) por hora efectivamente trabajada, con la de la contratación indefinida utilizando los microdatos de la EPA muestra un resultado sorprendente: la correlación es de -0,21. ¿Qué significa esto? Hablamos del encaje entre dos valores entre un máximo de +1 (en este caso, la subida del empleo indefinido se traduce en una subida equivalente de la productividad) y -1 (el sector que más sube en una es el que más baja en la otra). El 0 significa que ambas variables están completamente desconectadas.
No olvidemos que correlación no es causalidad: el resultado de -0,21 no permite decir que la reforma laboral haya empeorado la productividad. Además, está más cerca de 0 que de -1. Lo que sí puede afirmarse es que no hay ningún indicio de que el cambio de composición de contrato, por sí solo, haya arrastrado consigo una mejora de productividad.

Si atendemos a los principales grupos sectoriales de la economía española, los resultados van en sentido contrario al esperado. Agricultura ypesca y Construcción, los dos sectores que más aumentaron su peso de indefinidos, han sufrido las mayores caídas de productividad. En el extremo contrario, las actividades de maquinaria y transporte suman la mayor ganancia de productividad, pero con un aumento de indefinidos moderado. Solo comercio y hostelería entran en la zona en la que se cumpliría el pronóstico que cabe esperar de la teoría económica.
Ahora que hemos mostrado la correlación estadística, toca entrar en la causalidad. Una de las hipótesis más extendidas es que los sectores que ya eran menos productivos por su propia naturaleza (intensivos en mano de obra y poco tecnológicos, como la construcción o la agricultura) eran también los que tenían más margen para convertir temporales en indefinidos, simplemente porque partían de niveles de temporalidad más altos que el resto. Por otro lado, comercio y hostelería elevan sus contratos estables en un momento en el que la digitalización irrumpe con fuerza en esos sectores.
El diagnóstico compartido por buena parte de los analistas es que España tiene un ‘modelo de crecimiento extensivo’: España genera PIB sumando ocupados, sobre todo gracias a la inmigración, pero sin elevar lo que cada persona produce por hora, que es exactamente lo contrario de lo que la reforma laboral esperaba conseguir. Aunque en los últimos meses empiezan a surgir análisis más optimistas que hablan de que métricas como la productividad total de los factores explicaría ya en torno a un tercio del crecimiento del PIB desde 2021, frente a su irrelevancia casi total antes de la Gran Recesión. Aunque el 60% del crecimiento siga dependiendo de sumar empleo, no de que cada uno de esos trabajadores produzca más.
Pero si tomamos como referencia la productividad por hora efectivamente trabajada, esta hipótesis tiene otra lectura menos positiva. Y es que un incremento de la plantilla con trabajadores de menor cualificación podría diluir la productividad media porque su rendimiento es peor. Sin embargo, al repetir el ejercicio que hemos realizado con la contratación indefinida encontramos una correlación de -0, 14. Todavía más cercana a 0 que la analizada por tipo de contrato. Es decir, prácticamente nula.
Sin hipótesis concluyentes
Así las cosas, los frentes de debate se concentran alrededor de dos posiciones antitéticas: los que sostienen que el impacto positivo en la productividad de la reforma laboral se ha visto lastrado por otros factores (tipo de empresas, prevalencia de sectores con uso intensivo de mano de obra y menos productivos o falta de inversión en tecnología), y los que afirman que la mayor estabilidad de la contratación no es real: hay más contratos indefinidos, pero los empleos que generan son mucho más volátiles. Tanto que en la práctica no se distinguen de los temporales.
Además, que empresas sustituyan contratos temporales por fijos sin cambiar las condiciones reales ni apostar por desarrollar hojas de ruta de capacitación y formación, se traslada a un repunte de los despidos (y bajas por no superar el periodo de prueba) y las dimisiones y fomenta fenómenos de desarraigo laboral como el ‘absentismo’, que repercuten en la caída de las horas trabajadas. Esta hipótesis tiene visos de verosimilitud: las horas de trabajo se han reducido desde 2019 tanto para los indefinidos como para los temporales.
Pero aquí no se pueden olvidar los datos agregados: no se trabajan más horas, pero hay más ocupados del tipo que antes de la reforma ya tenían jornadas más largas. Estos son los indefinidos. De hecho, una estimación de la evolución de las horas trabajadas apunta a que si el peso de indefinidos y temporales siguiera siendo el mismo que antes de la reforma, las horas medias habrían caído.
Otro contraargumento es que las economías en las que los contratos indefinidos son la norma, pero tienen menor protección por despido y mayor volatilidad, como es el caso de Estados Unidos, tienen una productividad mayor que la española porque los trabajadores son más dinámicos y esto obliga a las empresas a mejorar su oferta profesional. En pocas palabras, solo las más competitivas captan el talento necesario para sobrevivir.
El repaso a estos análisis nos devuelve a la casilla de salida: no encuentran ningún indicio de que la reforma laboral haya mejorado la productividad gracias a incorporar más trabajadores fijos al mercado laboral, pero tampoco resuelven la incógnita de por qué esto no ocurre. Pero la hipótesis más plausible, que el modelo productivo basado en el uso intensivo de mano de obra haya ‘absorbido’ los efectos beneficiosos de la norma, es aún más preocupante que la idea de que la reforma no ha mejorado realmente la calidad del empleo.