Un informe de KPMG constata el optimismo empresarial, con más inversión, foco en la inteligencia artificial y cautela ante el contexto global

El 72% de los empresarios gallegos confía en aumentar su facturación en 2026, en un contexto marcado por la incertidumbre geopolítica y económica que, lejos de frenar la actividad, está obligando a las compañías a redefinir sus estrategias. Así lo recoge el informe Perspectivas Galicia 2026, elaborado por KPMG en colaboración con CEOE y la Confederación de Empresarios de Galicia (CEG), presentado este martes en A Coruña.
El estudio, basado en una encuesta realizada entre diciembre de 2025 y febrero de 2026 a directivos de distintos sectores, refleja un tejido empresarial que mantiene expectativas de crecimiento, aunque con un enfoque más prudente que en ejercicios anteriores. De hecho, el 41% de los empresarios gallegos ya ha modificado o prevé modificar su estrategia ante la actual situación internacional.
“La incertidumbre ha llegado para quedarse. Las empresas gallegas están aprendiendo a convivir con ella y a adaptarse con agilidad”, explicó Daniel Fraga, socio responsable de KPMG en Galicia, durante la presentación. El directivo subrayó que este escenario responde a factores estructurales como las tensiones comerciales, el encarecimiento de materias primas o los conflictos internacionales, que están condicionando las decisiones empresariales.
Pese a este entorno, las previsiones siguen siendo positivas. El 72% de los directivos espera incrementar ingresos —dos puntos menos que el año pasado— y un 61% prevé aumentar la inversión. Sin embargo, el crecimiento del empleo será más moderado, con un 44% de empresas que anticipa ampliar plantilla.
Visión optimista
El informe también pone de relieve que los empresarios gallegos mantienen una visión más optimista sobre sus propias compañías que sobre el conjunto de la economía.
Mientras que solo una minoría califica de forma muy positiva la situación económica general, el 66% considera buena la situación de su empresa y un 16% la define como excelente. “Las empresas ven mejor su propia realidad que la economía en general. Esa es una constante que se mantiene”, apuntó Fraga.
En cuanto al contexto macroeconómico, los directivos gallegos perciben estabilidad en la evolución de la economía española y gallega. Cerca del 60% considera que la situación se mantendrá en niveles similares en los próximos meses, lo que apunta a un escenario de continuidad más que de crecimiento acelerado. “Hay una sensación de calma, con expectativas de continuidad, aunque sin grandes avances”, señaló el responsable de KPMG.
La transformación de las prioridades empresariales es otro de los ejes del informe. La inteligencia artificial se consolida como uno de los principales destinos de inversión, concentrando el 50% de las decisiones en este ámbito. A ello se suma el desarrollo de nuevos productos y servicios (47%) y la formación del talento (35%).
Según explicó Ángel Ansoar, manager de Sectors & Business Consulting de KPMG en Galicia, las empresas han evolucionado en su proceso de digitalización. “Han pasado de digitalizar por obligación a transformar realmente sus procesos. Ahora el reto es la adopción efectiva de tecnologías como la inteligencia artificial”, afirmó. El 84% de los encuestados considera que la IA contribuirá a mejorar la eficiencia operativa de sus compañías.
Pérdida de competitividad
Junto a la inversión tecnológica, las empresas gallegas identifican varios riesgos relevantes. Entre ellos destacan la pérdida de competitividad, la reducción de márgenes y el aumento de los costes de materias primas. A estos factores se suma el impacto de la regulación, especialmente en las compañías de menor tamaño.
En este ámbito, Eva Hernando, socia responsable del área Legal de KPMG Abogados Galicia, advirtió del peso creciente del marco normativo. “Existe una gran volatilidad normativa y las empresas tienen que cumplir cada vez más exigencias. El 28% reclama una reducción de impuestos y una simplificación administrativa”, indicó.
El informe también recoge la percepción de que el entorno regulatorio puede convertirse en un freno para la actividad, especialmente en un momento en el que las empresas demandan mayor flexibilidad para adaptarse a un contexto cambiante. “A las compañías más pequeñas la regulación les está asfixiando”, incidió Fraga.